Salvar los mares: el desafío que enfrenta la industria pesquera

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La pesca se ahoga. Le falta oxígeno. Las capturas ilegales, la sobrepesca, las corrientes marinas impregnadas de plásticos, el cambio climático, el empleo de artes pesqueras expoliadoras, la acidificación de las aguas. En definitiva, el hombre está esquilmando el azul al planeta.

En 2007 se capturaron en Estados Unidos 360 millones de kilos de vida marina, pero sólo se utilizó el 10 por ciento. La revista Scienceadvierte que con estas artes la pesca podría desaparecer del planeta en 2048. Sólo dos años más tarde, el mundo alcanzará el récord de 9600 millones de habitantes. El desafío de alimentar a esta ingente población choca contra una industria vulnerable y cansada.

La acuicultura (producción en cautividad) se mueve en la incierta línea que separa el fervor y el rechazo. Unos ven en ella un alivio para una naturaleza exhausta; otros, una vía para esquilmarla aún más. Lo innegable es que ha crecido de lo abisal al infinito. De producir 800.000 kilos en 1951 a 73,8 millones de toneladas durante 2014. De valer casi nada a manejar más de 160.000 millones de euros

“Las granjas de peces son más eficientes que cualquier otro tipo de explotación de animales. Tenemos la tecnología y el conocimiento para criar pescados en cautividad con una huella medioambiental muy baja, tratando bien a las especies y sin usar innecesariamente químicos o antibióticos”, sostiene Amy Novogratz, cofundadora del fondo de inversión holandés Aqua-Spark, que invierte en acuicultura sostenible.

Las granjas están tomando la industria pesquera al asalto y es tal su empuje que podría dejar varada y en tierra a la flota tradicional. Por primera vez en 2021 la producción en cautividad superará a las capturas de pescado salvaje. El mundo tiene hambre y quiere alimentarse. Unos 3000 millones de personas obtienen el 20% de sus proteínas del pescado.

Una cuarta parte del salmón “salvaje” de Noruega capturado en Escocia ha escapado de granjas del país nórdico. Un invitado sorpresa en la cadena alimentaria. “Estamos muy preocupados por el efecto de la acuicultura a gran escala en aguas abiertas”, admite Patty Lovera, subdirectora del grupo ambientalista Food & Water Watch. Es la realidad de una industria a la que le cuesta encontrar el equilibrio entre sostenibilidad y negocio. “La acuicultura de calidad puede ser una solución para la reconversión pesquera. Sin embargo, hay que hacer peces muy bien hechos y eso es tecnología”, observa Antonio Saiz, vicepresidente de la explotación Sonrionansa, en el estuario del río Nansa (Cantabria).

Pero ¿querrá la gente comer animales crecidos en aguas tecnológicas? Quizá la naturaleza responda a esa pregunta cuando se lancen las redes y regresen vacías. Cerca del 32% de los recursos pesqueros están sobreexplotados, según la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO). Hace no tanto, en los setenta, ese porcentaje era del 10%. Y la FAO avisa. El paisaje es “alarmante” en el Mediterráneo y el mar Negro. Las capturas en esas aguas han caído un tercio desde 2007. Muchas cosas están cambiando. El mar lo sabe, los pescadores lo intuyen.

“Vivimos un momento extraño”, reflexiona Basilio Otero, presidente de la Federación Nacional de Cofradías. “El atún se está viendo en latitudes que nunca se habían visto. Antes, como muy cerca, nadaba a 25 millas, ahora los vemos saltar a 2”. ¿Por qué? “Eso me gustaría a mí saber, tal vez sea el cambio climático; el caso es que el pez anda muy estresado.”

Los animales tienen infinitas razones para sentirse agitados. Sólo un tercio de los barcos pesqueros están faenando en niveles que permiten la repoblación. En el mundo se extraen al año ilegalmente entre 11 y 26 millones de toneladas de pescado.

La mayor amenaza

La flota de pesca de altura china cuenta con 2600 buques. Es la mayor del mundo. Sólo entre 2014 y 2016 entraron en servicio unas 400 naves. La principal potencia pesquera del planeta (produce 14,8 millones de toneladas al año) tiene hambre. Pero también es más rica y quiere comer mejor. Por eso se ha embarcado en busca de más capturas y lejanas.

“La incapacidad de China para reducir de forma considerable su sobrecapacidad y su sobrepesca supone un gran retroceso en el esfuerzo por asegurar una pesca sostenible en el mundo”, se queja Rashid Sumaila, director del centro canadiense Fisheries Economics Research Unit, perteneciente a la Universidad de British Columbia. En este atropellado paisaje solo aparecen pequeñas esperanzas. El gigante asiático ha firmado una moratoria en sus aguas costeras. “Lo que habrá que vigilar es hasta qué punto se cumple”, advierte el especialista.

 

Fuente: www.lanacion.com.ar